lunes, 22 de diciembre de 2008

Consejos para zafar de los consejos navideños

“Como se acerca esta época del año, donde se respira un aire distinto en todos los rincones del mundo, he aquí consejos útiles para llevar la Navidad de una forma más divertida”. Sí, es cierto, se respira un aire distinto desde noviembre, un aire con olor a caucho, guirnaldas y luces quemadas del año anterior. Pero eso no significa que necesitemos sugerencias para algo que ya vivimos tantas veces. Más bien, precisamos asesoramiento para hacer caso omiso a esos clásicos consejos navideños que nos atormentan la conciencia con culpa, desde revistas y suplementos especiales, año tras año.
“Es rara la vivienda que en diciembre no está engalanada con el árbol navideño, el portal de Belén, las guirnaldas y demás”: claro, no es rara, entonces ¿para qué precisamos saber sobre un ritual repetido una y otra vez? ¿No sería más útil que nos dijeran cómo pasar una noche de paz con aquellos parientes que no vemos nunca? Nadie precisa que le expliquen la diferencia entre un arbolito de postal norteamericana, y una planta cambalache (a causa de la cuasi-bizarra tradición de añadirle un adorno diferente cada año), mezcla de estrellitas, osos cariñosos, botellas de Coca Cola, y Papá Noel en todos los tamaños, formas y looks.
“En las fiestas navideñas, las familias normalmente realizan comidas especiales”. ¿Las familias? ¿Enteras? No era necesario caer en semejante falacia una y otra vez. Ni de dejar pasar el hecho de que comidas así implican una compra que agujerea el presupuesto de quienes todavía tienen presupuesto para agujerear. Además, dejemos de pensar que la pesadilla a la que generalmente se la obliga a la mujer, de cocinar más de diez platos distintos por día al lado del horno y con una temperatura de más 30 grados, es un trabajo agradable.
Y por último, los regalos: “En la noche de Navidad, resulta difícil negarle a los niños algo para ese día”. Bueno, resultaba difícil hasta hoy: los economistas del gobierno se las arreglaron bastante bien para ahorrarnos excusas a la hora de no darle nada a esos niños, en ese día tan especial que los juguetes triplican su valor. Por lo tanto, pasá de largo todos aquellos consejos, seguí tu instinto y festejá simple pero sinceramente. Y si los demás se quejan de tu pobre menú y decoración, consoláte con esto: ya nadie querrá pasar las fiestas en tu casa. ¿Qué mejor regalo de Navidad que ese podrías recibir?

martes, 9 de diciembre de 2008

Cómo aprender a manejar

Para un tema tan delicado como este, una columna no es suficiente. Porque a ese auto, que tanto sudor nos costó, que tanta plata nos saca entre carnet, VTV, combustible, seguro y mecánico, a ese auto hay que manejarlo. Pero, por lo menos, he aquí algunos consejos:
Ante todo, tené en cuenta que no basta con la difícil tarea de controlar el vehículo, sino que además hay que controlar todo lo que está fuera de él: perros, gente, otros autos, el trazado de las calles, los postes de luz, etc. Si no querés destruir tu coche (o, lo que es peor, a un ser vivo), andá con cautela.
Para sacar el carnet, hay que saber manejar, lo cual sólo se aprende… manejando. Pero para manejar necesitás carnet. El Municipio aún no se hizo cargo de esta encrucijada y no hay lugares destinados al efecto, así que no te queda otra que la infracción obligada. Empezá manejando por las afueras.
Pero en las afueras, parece que los peatones, los perros y las bicis se cruzan más que en el centro de la ciudad. Te conviene ir a un lugar menos transitado.
Pero ir a un lugar aun menos transitado equivale a hacer rally entre calles de tierra, pozos y naturaleza virgen, que te terminarán conduciendo invariablemente a un zanjón.
Parece que la única solución es aprender en un simulador. Andá a un local de juegos electrónicos, sentáte en uno de autos y estáte así, mínimo diez meses.
Ahora sí, ya podés pasar a pruebas mayores: esquivar a la señora que camina a dos por hora, no entrar en pánico ante la súbita aparición de 4x4 o colectivos, pasar de primera a segunda mientras doblás, y no pisar al perro que está en el medio de la calle y no tiene la más mínima intención de correrse.
Y por fin llegó el día en que transitarás por el mini-circuito en busca del pase mágico. Para eso es vital conservar la derecha (aunque tu auto ocupe los dos “mini-carriles”), frenar en cada sendita peatonal y evitar desconcentrarte pensando para quién rayos diseñaron esa ciudad de juguete.
Ya está. Ya aprendiste. Ya tenés el carnet. Y el cartel. Ese que dice “Principiante” por no decir “Peligro al volante”. Pero ahora, hay algo que no entiendo. En vez de tanto carnet, ¿no debería llevar la mayoría ese simpático cartel?

domingo, 23 de noviembre de 2008

¿Y la Ley de Talles? (Cómo ir “de shopping” II)

  • Como la Ley de Talles parece ser un lindo recuerdo que dio para atajos varios, o liso y llano incumplimiento, comprar ropa es una tarea ardua (para los que tienen la suerte de poder hacerlo). Ya es bastante con los inconvenientes señalados en la anterior columna, como para sumar ahora otra complicación: ¿cómo, si sentís que no aumentaste un gramo y tu talle siempre fue 36, ahora ni un 40 te entra? ¿Obesidad? ¿Mala percepción? No, más fácil que eso: simplemente un caos, comprobado por quien escribe. La ilusión de un ordenamiento, que pareció cumplirse en 2005, duró poco. Para evitar desencantos y futuros traumas, recomendamos:
    En primer lugar, saber que los talles actuales son una ilusión disparatada y completamente arbitraria, sin ningún tipo de relación con la realidad. De otra manera, no se explica cómo tres personas de cuerpos totalmente diferentes entre sí puedan usar un talle 36. Ojo, muchas veces la numeración es engañosa: para simular que cumplen con la ley, se cambiaron los números de las etiquetas de la ropa, pero no la ropa en sí.
    Debés tener conciencia de que aun existen casi tantos sistemas de talles como marcas: el decimal (34, 36, 38, y así sucesivamente), el “coreano” (0, 1, 2, 3, 4, 5, 6), el “S, M, L” (small, medium y large, parece que ahora somos todos bilingües), y quién sabe cuántos más.
    Tené en cuenta también que la mayoría de las marcas trabajan con un canon de belleza tan acotado que es demasiado fácil de transgredir en la vida real.
    Y acordáte de llevar siempre un centímetro cuando salgas “de shopping”, para medir la ropa antes de entrar al probador y ahorrarte tiempo, esfuerzo y lágrimas.
    O empleá el tiempo (que solés perder en determinar cuál es tu talle en cada tienda) en ir a una modista a que te tome las medidas y te haga mucha ropa. O usá la ropa vieja de tu mamá y hacéte la vintage.
    Por ahora, esa es la única que te queda. Pero, ahora que lo pienso, podés hacer algo para cambiarlo, ¡sí! Rezá mucho. Para que, algún día no muy lejano, primen los derechos ciudadanos antes que los comerciales y todos, gordos o flacos, altos o petisos, tengamos real acceso a la moda.

jueves, 13 de noviembre de 2008

Cómo ir “de shopping”

Porque no es verdad que todas las mujeres (y muchos hombres) adoramos ir de compras. Si por mí fuera, esperaría que la ropa que quiero aparezca mágicamente en mi cajón, sin tener que andar gastando los pies ni cinchando dentro de veinte probadores para que el jean suba (una tarde de shopping hace perder más de mil calorías). Pero a veces no queda otro remedio. Para situaciones como esas más vale ir preparado.
Una vez que lográs gozar de la atención del/la vendedor/a, hay que hacerse explicar bien. Las denominaciones cambian cada vez más rápido: lo que para algunos es un saquito, para otros es una camperita, para otros un sueter, e incluso no faltará el que te muestre una camisa. Los colores también cambian: “¿Marrón? Aah, vos querés chocolate”. A memorizar, entonces: las calzas son leggings, los anteojos, gafas, y la manta polar ¡pólar! Además, ahora hay buzo de arriba y de abajo, generando la contradicción de un pantalón de buzo, si acaso fuera posible (al menos cinco años atrás).
Ahora que ya tenés un mini-diccionario aprendido, y estás listo/a para probarte, empieza lo peor. Te conviene andar bien despierto y rápido de reflejos para sostener la ropa con tus manos (los ganchos de la pared nunca son suficientes), probarte, mirarte, llorar, volverte a mirar con cara de compasión y atajar la cortina en caso que la vendedora intente meterse en tu probador. Dentro de esos habitáculos con luz fluorescente y espejo deformante, es fácil sentirse débil e influenciable. Pero, así y todo, no te dejes convencer por la empleada que te dice que te queda todo divino, aunque ese pantalón grite por los costados que no es tu talle. La ropa excesivamente apretada hace mal al cuerpo y nos hace ver más gordos, porque —física pura— lo que se comprime por un lado, escapa por el otro.
Como se ve, no es fácil salir de compras. Pero al menos nos queda el consuelo de que aun podemos hacerlo (no se sabe por cuánto tiempo más), y la sensación de que realmente elegimos qué vestir, aunque, desde luego, eso no sea cierto.

viernes, 31 de octubre de 2008

Cómo enfrentar con dignidad los piropos indignos.

Hoy vamos a ocuparnos de un problema que se agrava con el tiempo: los “piropeadores” crónicos. Una forma elegante para denominar a estos hombres que no tienen nada mejor que hacer que avergonzar a las transeúntes, no a base de halagos, sino de gestos y frases que no reproduciremos aquí. ¿Cuál es su objetivo? Un misterio. Para conseguir pareja no creo que les funcione. Tampoco creo que disfruten ser insultados.
La minifalda se inventó hace más de cuarenta años, pero aun sigue siendo un tabú. Si no, ¿a qué se debe tanto escándalo y frases de todo tipo cada vez que uno decide usarla? Y con escándalo no me refiero a algún cumplido inofensivo, sino a decir lo primero que se les cruza por la cabeza.
¿Será que nuestra mentalidad involucionó?
Ya hace rato que quedó atrás el “Adiós corazón de arroz” que se oía cada vez que una mujer estaba muy “producida”. Hoy, ni poniéndose ropa de jogging y/o tres talles más grande se amedrenta a estos especímenes que nos hacen entrar en calor pero no precisamente por romanticismo. Y basta pararse a esperar el colectivo para que nuestra sola presencia genere una ola de bocinazos, símbolo de impunidad y cobardía si los hay.
Dar recomendaciones en esta área se hace muy difícil, entonces. Ya no basta con andar por la vida toda tapada. Así estemos cubiertas de pies a cabeza, usar el pantalón por dentro de las botas parece dar carta blanca para que hasta chicos de primaria nos griten “miau”. Y aunque taparse solucionara el problema, tenemos derecho a vestirnos como queramos. De lo contrario, la dominación simbólica del hombre se haría realidad por partida doble.
Pero como si no podés contra ellos, tenés que unirte a ellos, la solución por ahora sería darles un trago de su propia medicina. No te preocupes: el hombre de hoy, conflictuado e inseguro, disfruta “piropeando” pero es incapaz de ir más allá. Y si lo apurás un poco, hasta va a ponerse a llorar diciendo que ama a su mujer y a sus hijos, y emprenderá la retirada. A la próxima grosería, entonces, seguíle la corriente, decíle algo más subido de tono que él o preguntále qué quiere y en qué podés ayudarle. Y después, dejá tu comentario a ver cómo te fue. Acá nadie te va a responder con guarangadas.

domingo, 12 de octubre de 2008

Qué regalarle a la madre de un mezquino.

A medida que se acerca la fecha, nos vamos resignando a lo inevitable: hay que regalarle algo a mamá. Escapar, imposible: nos llueven folletos, la radio y la tele nos atormentan con la fecha, las vidrieras de los negocios sólo apuntan a “eso”. En medio de tanta tortura psicológica, la triste realidad: en nuestros bolsillos de estudiantes (o de empleados temporarios) no hay plata. O hay, pero poca. Y aunque ellas nos hayan dado la vida y todo eso, la tasa inflacionaria no entiende de sentimentalismos.
Sin embargo, no queremos que crean que no las queremos. Y a no fiarse cuando, sin que nadie les pregunte, las madres se despachan con un: “No me regales nada, eh”. Tomar al pie de la letra esa afirmación equivale a que el Día de la Madre llegue cargado de sermones, llanto y rencor hogareño por tiempo indeterminado.
¿Qué elegir entonces? ¿Nos dejamos llevar por los comerciantes, que con sus esmerados catálogos nos ahorran el trabajo de seleccionar? Aunque tengamos la plata ¿conviene caer en la tentación de dejar de buscar regalo y auto-convencernos que todo lo que quiere una mujer es una batidora, una plancha o una aspiradora? Si las madres hubiesen sabido que, después de tanto esfuerzo, las iban a tratar así, ni hubiesen intentado tener descendencia.
A pensar, entonces. A pensar y a descartar. ¿Ropa? No. Puede quedarle grande, chica, o simplemente mal. Además, tampoco es aceptable que por nuestras billeteras a dieta las madres anden por ahí vistiendo cualquier cosa.
¿Perfumería? Suena más barato. Pero, al final, “con lo que cuesta el kit con tres frasquitos milimétricos (de crema, de aceite, ¡¿de sales?!) hubiésemos comprado un suéter” dirá algún hermano iracundo.
Ya está. Un viaje. Sólo alcanza para Azul, pero lo que vale es la intención. La estadía y la vuelta que se las pague ella. Y si intenta rechazarlo, usá sus propias armas: “¿Me lo vas a despreciar?” (como te repetía cuando mirabas con mala cara aquel traje de súper héroe que insistía en comprarte cada Día del Niño). Es que es el regalo perfecto para una madre y su hijo (porque se graduaron el mismo día, diría Mafalda): la diversión para ella, el respiro de sus retos y quejas, para nosotros. Porque, si tanto nos ama, nuestra felicidad es la de ella, ¿o no?

sábado, 27 de septiembre de 2008

Cómo salir a comer en Olavarría.

Hoy es una noche especial. Al fin juntaste coraje y decidiste hacerle un pequeño agujero a tus ahorros, lo más minúsculo que se pueda. Te cambiaste, conseguiste en qué ir y quién te acompañe. Pero tampoco exageres tu buena suerte.
Porque una vez en viaje, sobreviene una duda capital y dificilísima de resolver: ¡¿Dónde ir?! Lugares en la ciudad hay pocos, aunque por suerte cada vez más. Y si querés ir variando, deberás ceder y de vez en cuando caer en ese antro al que juraste no volver hace tiempo.
Pero al principio, iluso/a como sos, buscás un restaurant que te sacie en todo. Ese no, es muy “grasa”, mirá la decoración. Ese tampoco, mirá lo lindo que está decorado, seguro que es re caro. El otro queda lejísimos. En ese te atienden mal, y en el de enfrente no se ve para afuera. Allá no hay nadie. En el otro sólo hay parrilla… La cuestión es que terminás en el cuchitril de siempre (¿era esta una noche especial?).
Una vez sentados, distintas inquietudes y reflexiones vendrán a tu cabeza: ¿Por qué no nos atienden? ¿Será caro? ¿Qué pasa que, a los jóvenes, los mozos siempre nos dejan para lo último, y corren a atender a esos señores “paquetes”? El hilo se corta por lo más delgado…
Tranquilidad ante todo, paciencia zen… ¡ya te trajeron el menú! “Si bebes, no conduzcas”, o algo así, reza el mantel individual. Pero cerveza sin alcohol no tienen, con el calor que hace. ¿Y variantes vegetarianas? Pedílas si creés en Reyes Magos. Una pizza entonces. “¿Nada más?” preguntará el mozo, con cara de poker. “No, ¿Por? ¿Qué? ¿Algún problema?” evitarás decirle.
Una vez que te trajeron la comida, si está frío o feo, quedáte piola, no pidas un cambio: quién sabe si tu plato suplente será blanco del resentimiento del “chef”. Y antes de empezar a comer, andá pidiendo el postre, porque entre que buscás al mozo, lo encontrás, te ve, lo llamás, viene, pedís el menú, te lo trae, elegís el postre, llamás al mozo, pedís el postre, te lo trae… Uf! Pasa como una hora.
Luego de tan maravillosa velada, el peor momento llega: la cuenta. Aunque venga en bandeja de plata, nada amortigua el golpe. A prueba de quienes se negaban a dejar propina, ahora en el ticket se cobra también el servicio de mesa. Sale caro salir a comer, y para las ratas de alcantarilla (como yo), la realidad es dura. Mejor que lo sepan ahora y no después, cuando estén digiriendo la pizza fría.

jueves, 18 de septiembre de 2008

domingo, 14 de septiembre de 2008

Cómo sentirse un bicho raro.

Ya sea en una reunión de Tupper, en un recital de Leo Mattioli, o en una fiesta en la que entramos de colados, pocos hemos podido eludir la sensación de ser sapos de otro pozo, al menos una vez en la vida. Pero como es posible que haya gente tan sobreadaptada que se adecua a cualquier situación, aquí va una guía rápida para experimentar en carne propia lo que es ser un pequeño “marginal”.
No comas carne (o negáte a las hamburguesas o al querido y tradicional chorizo). Aunque tu decisión no afecte directamente a nadie, en un segundo y sin que lo esperes te sentarán en el banquillo de los acusados: “¿Sos vegetariano?”, “¿Hiciste una promesa?”, “Me revienta la gente delicada” y “Si te ponés a pensar de dónde sale la comida, no comés nada, nena”.
No tomes cerveza. A pesar que su sabor no sea particularmente llamativo, no tomarla es casi sinónimo de destierro social y sin querer te convertís en el amigo ortiva que arruina todas las rondas cerveceras: “Y ahora qué tomamos?”, “¿Sos abstemio?”, “¿No te prendés con una al menos?”, “Vaaamos, si te gusta”, “Pero si el otro día te vi tomando Gancia”.
Revelá que nunca tuviste novio/a ni ningún tipo de relación amorosa. Una criatura tan especial no entra en el esquema mental de algunos, y aunque no te conozcan terminarás invariablemente encasillado/a en teorías y rumores falsos. Que sos muy exigente, que andás en secreto con el kiosquero de la esquina, que nadie te aguanta, que sos un loser… Algún problema debes tener.
Negáte a ir al boliche. Es fácil encontrar razones para faltar a la cita “obligada” del finde. Pero mucha gente no entiende cómo no te fascina ir a hacer cola a las 4 de la mañana con un frío antártico y pagar para entrar a un reducto atestado de humo, gente empujando y música de Machito Ponce y Luis Miguel.
Decí que te molesta el humo del cigarrillo. Y no importa si padecés de alergia, si te hace doler la cabeza o si sos conciente del daño que provoca el humo. Ningún motivo es suficiente si ya cometiste el error que te condenará como la persona más dictatorial y menos cool de la faz de la Tierra.
Pueden sumar ideas dejando sus comentarios. Es que hay muchos disparadores más para que, si no entrás en los limitados cánones actuales, la gente hable de vos. Aunque como diría Moria Casán, mientras hablen…

miércoles, 10 de septiembre de 2008

Cómo disfrutar del Parque Mitre.

Ahora que los días están más lindos y no somos tan frecuentemente castigados por el invierno olavarriense (que va de abril a noviembre), nada mejor que un poco de contacto con la Madre Naturaleza. El cemento abunda, pero la bendición de un arroyo en el medio de la ciudad obligó a poner un toque de verde a lo que de otra manera hubiese sido gris uniforme. Y entre los varios parques, el Mitre sin dudas está al tope de los rankings.
Pese a su vasta extensión, la población suele concentrarse en zonas delimitadas y deja desiertas otras, tal como sucede en los bares nocturnos de la ciudad. Al igual que en la ya descripta plaza, y posiblemente en la futura peatonal, hay diferentes elencos estables que se apropian de un sector del preciado vergel.
Si se busca tranquilidad, de Coronel Suárez hasta la Belgrano entonces. Antes está la Plaza Aguado, pero aquí la calma se torna desolación, de no ser por los habituales deportistas o algún acto patrio de turno. Los domingos para la juventud van de la Belgrano hasta la Necochea, y un poco más allá. Pasada la Sargento Cabral, los límites se desvanecen y existen altas probabilidades de terminar en el piso atropellado/a por bicicletas, triciclos y monopatines. Es una señal: llegaste demasiado lejos. Una vez definido tu grupo etario y tu humor, no hay demasiadas claves. Sólo tirarte, disfrutar, y no olvidar el mate. Ni la lona, porque el pasto seco también ensucia —y se pega—.
Pero el parque no sería “El Parque” si no fuera responsable de al menos el cincuenta por ciento de las parejas de por aquí. Ese valor extra ofrece una oportunidad imperdible para conocer gente y luego llevarla a comer helado a la Estatua de la Libertad una vez que el noviazgo está consolidado. Para iniciar el romance, lo fundamental es no olvidar al perro. Puede ser propio o prestado, pero sí o sí de raza. El acercamiento entre tu mascota y la de tu pretendido/a será la excusa perfecta para iniciar el diálogo y casi casi es garantía de éxito. Es que el parque no ganó su reputación porque sí. Aún tras períodos de censura, sequía y contaminación, todos sabemos que el Mitre fue, es y será escenario del amor y la amistad en todas, todas, sus manifestaciones.

Cómo salir en Olavarría.

Salir a la noche en nuestra ciudad encierra ciertas ritos y peculiaridades, quizás incomprensibles para los foráneos. Actualmente (y no se sabe por cuánto tiempo más) el fin de semana olavarriense se configura de la siguiente manera:
- Jueves: no se sabe por qué si al otro día se trabaja, pero si no querés estar out, tenés que hacer una pasada por los cantobares de dos confiterías céntricas. Llevá bastante plata, porque además de la entrada, la noche es larga y tendrás que consumir.
- Viernes: ¡Por fin llegó! Suponés que si ya es finde, las confiterías y boliches estarán abarrotados, pero no te mandes para ninguno, si no querés quedarte charlando con el barman. Hoy, la “onda” del viernes es ir a un pub y luego a un boliche, ambos de una localidad serrana cercana. El remis no te conviene, y colectivos a esa hora no hay, así que soborná a tu amigo con auto para que te lleve y se abstenga de tomar esa noche, si acaso fuera posible, claro. Vas a poder bailar y salticar a gusto, aunque no te abstraigas: las miradas también tocan.
- Sábado: ¿Qué hacer si tus amigos/as y vos ya cenaron, se charlaron todo, jugaron a la Play o terminaron de ver la peli? Pues quedarse mirándose las caras hasta las 2 de la mañana, porque la previa en el pub de moda empieza a esa hora. Si llegás muy temprano, la noche se hará eterna. Pero a las 2.30 ¡ya está todo lleno! Y no quedará otra que estar parado. No seas amargo/a y compartí asiento con alguien a quien ni conocés; soportá estoicamente empujones, codazos y quemaduras de cigarrillo sin inmutarte. Es que, sin querer, todos nos volvimos solidarios. Y después dicen que la juventud está perdida… Para las 4 y pico, la música te va a aburrir y tus pulmones no serán capaces de resistir más humo. Enfilá entonces para el boliche. Ya es tarde, y la entrada se encarece cuanto menos tiempo estás. Pero igual, a esa hora, no te queda mucho resto para dilemas existenciales. Además, hace tanto que no bailás como la gente. Como la gente hoy: apretado/a y a las patadas. Así que… ¡seguí la fiesta, hasta que salga el sol! O al menos hasta las 6.30. Total, ¿quién te quita lo (no) bailado?

Cómo saber si aún no te adaptaste a tu nueva ciudad

Mudarse es una gran oportunidad para conocer gente nueva, hacer turismo, cambiar hábitos y crecer personal y profesionalmente. Sin embargo, también genera dudas, malestar, desorientación. Hasta hay un nombre para eso: “Mal de Ulises” llaman los psicólogos al estrés que sufren los inmigrantes y que equivale a la tensión por la muerte de un ser querido, un divorcio o la bancarrota. Como todo proceso, lleva un tiempo acostumbrarse, que varía de persona a persona. Para saber en qué estado estás, he aquí unas cuantas pautas de una experta en el tema. Aún no te instalaste del todo si:
- Te subís a un taxi y le indicás tu dirección, pero el taxista te mira perplejo: “¿Álvaro Barros qué?”.
- Te enfermás enseguida: todavía no te habituaste al cambio de clima.
- Encima que te enfermaste, no tenés la más remota idea de dónde hay un hospital.
- Te gastás el sueldo en agua mineral, porque “el agua de acá tiene gusto raro”.
- Pensás en anotarte en gimnasios, cursos de cocina y otros ámbitos de socialización, pero no te atrevés ni a pedir los horarios.
- El único lugar de esparcimiento que conocés es una placita que queda a dos cuadras y a la cual te aferrás en cada rato libre.
- Tomás el colectivo para sentirte un lugareño más, pero te equivocás y te bajás a 20 cuadras de tu destino.
- Si estás no sólo fuera de tu ciudad sino también de tu provincia, el impacto cultural es mayor: en la carnicería tus ojos viajan por el pizarrón sin encontrar el corte buscado. Costeleta, entrecot, brazuelo? Terminás pidiendo cuadril porque es lo único que te suena.
- En la panadería los nombres y los productos están, pero te parece que algún gracioso los cambió de lugar. Pedís galleta y te dan bizcochos.
- Los automovilistas te insultan por cruzar en verde un semáforo que ni siquiera sabías que existía.
- Pese a que en tu nueva ciudad abunden los shoppings, comprás la ropa en el mismo sucucho de siempre de tu pueblo natal.
- Cuando volvés a tu ciudad, vas a tu antiguo médico con todas las afecciones acumuladas durante el año, “es que a los doctores de allá no les tengo confianza”.
- Por último, no sólo vos te sentís un inadaptado: sentís que todos se dan cuenta! Y si se quedan mirándote, queda confirmado!

Qué llevar para viajar en micro.

Parece fácil, pero no. Viajar es todo un arte y, si es en colectivo, requiere recaudos especiales, que sólo se desarrollan con la experiencia. Prepararse implica ingeniárselas para hacer entrar en un pequeño bolso todo lo que vayamos a necesitar para nuestra estadía en el bus que, por algunas horas, será nuestro hogar.
El repertorio inicial incluye: chicles —dormir da mal aliento—; libro, MP3 o cualquier otro elemento que permita hacer menos jirafa el chicloso viaje; peine; agua y comida, mucha comida: uno nunca sabe si la niebla de estos días lo dejará varado veinte horas en el medio de la ruta (y no exagero).
Imprescindibles los tapones para los oídos, no sólo a fin de evitar sonidos ajenos (la posibilidad de que nuestro compañero de asiento ronque es directamente proporcional al grado de aversión que nos provoque este tipo de ruidos) sino también para ignorar las malas películas que ponen justo cuando uno al fin lograba dormirse.
Un capítulo aparte merece el coche “semi-cama”, eufemismo para “queremos meter en el micro sesenta personas en lugar de treinta, pero cama hay”. Sólo que los respaldos se reclinan diez grados. La ergonomía del asiento, posiblemente diseñado en base a un extraterrestre, exige llevarse almohadillas varias para colocar en la nuca, la cintura y debajo de los pies.
Por último, la ropa. Viajar en larga distancia conlleva una interesante contradicción. En invierno, es preferible subir no muy abrigado: la calefacción hará el resto. Pero en primavera o verano, el encanto de viajar con poco equipaje es sólo ilusión: el abrigo se lleva, no para la estadía, sino a fin de soportar el aire acondicionado que nos dejará con piel seca y broncoespasmos durante un mes.
No obstante, tanta precaución no garantiza un buen viaje. Por eso, y más importante que todo lo anterior, es llevar paciencia, en cantidades industriales. Al menos podemos viajar. Y, después de todo, la estadía nos va a recompensar. Al menos hasta el viaje de vuelta.

Cómo no perderse en el barrio CECO.

Me pongo a pensar y descubro que locos hay muchos pero genios incomprendidos también. Llego a esa conclusión luego de meditar sobre un tema que a primera vista parece no guardar relación. Pero, en verdad, quién mas incomprendido que aquel desconocido —al menos para mí— genio del urbanismo que diseñó el trazado de las calles del barrio CECO. Quién sabe qué pasó por la mente de este señor (o señora), qué complejo, trauma o encubierto sadismo lo movilizó para hacer de un complejo habitacional un complejo laberinto. Discutible para algunos, difícil para todos, no son muchos los que pueden dominarlo, pero nadie sabe cómo explicarlo, cómo enseñar a un forastero a transitar por sus enigmáticos trayectos plagados de callejones sin salida.
Doblá a la derecha, en la esquina hay un mercadito, cruzá, ¿ves la casa con el aro de básquet? Bueno, contás tres casas, doblás y enfrente vivo yo”. Innumerables veces hemos escuchado estas y otras instrucciones en vano. Por eso, para empezar, nada como tantear el terreno. Es recomendable gastar un peso más (más precisamente, $1.40) y abordar el 500. Hacer un reconocimiento del campo ayudará a quitar el miedo y preparará para el próximo desafío, la excursión a pie o en bicicleta (por suerte, las calles son doble mano, o así parece).
Una vez decididos a dar este paso, se aconseja dirigirse al kiosco más cercano y recurrir a alguno de los “baqueanos”. Ellos darán una idea sobre si estás próximo a tu destino o del otro lado. Atentti, si el kiosquero no conoce el apellido, es probable que estés en el lugar equivocado. El CECO es grande: es hora de seguir recorriendo hasta la otra punta del barrio.
Pero para no dejar nada librado al azar, se sugiere asimismo ir casa por casa hasta elaborar un plano que servirá para futuras visitas. De lo contrario, sólo sabrás llegar a lo de tu tía Anita, y volverás a la ignorancia si deseás pasar por lo de otro “cecocense”.
No obstante, más allá del esfuerzo propio, sería bueno que la Municipalidad dicte un curso acelerado sobre el tema. Mientras tanto, agradezco a todos los nativos del CECO, por la paciencia y amabilidad que han tenido todos estos años al guiar, una y otra vez, a remiseros y desorientados.

Quiero mis quince.

Toda mi vida quise mis quince. Desde pequeña ya tenía todo planeado. El vestido, blanco por supuesto, y con hombros descubiertos; el peinado, recogido y con rulos; la música (Ricky Maravilla no, por favor). Al cumplir 15 mi hermana, saboreé de rebote ese ritual, y no veía la hora de hacerlo mío.
Quise tener todo. Lo que tuve fue un mix. La crisis económica ya se hacía sentir y sobrevinieron intereses más prácticos. Tener la compu era otro sueño dorado, así que troqué la fantasía por algo de realidad o, más bien, por esta desvencijada máquina en la que hoy escribo y cuya memoria ya no es suficiente para aguantar al Word y al Messenger juntos.
Pero, seamos realistas, la verdad es que no me bancaba tanto protagonismo. Tan expuesta, tanto pimpollo en mano y pino de fondo, tanta tirada de cinta, tanto mostrar regalo y desembolsar mil cadenitas iguales. Me di cuenta que no era para mí. Antes lo había sido, pero en el medio llegó la adolescencia, y las inseguridades pesan. También pesan los invitados a los que hay que mantener su kilaje a fuerza de comida gratis, aunque ya ni me acuerde de sus nombres.
No obstante, me las ingenié para hacerles pagar a mis padres no sólo la compu sino también un festejo. La premisa repetida a cada invitado: “todo muy íntimo, eh”. Pero olvidé que ninguna fiesta lo es. Y aunque nazca así en la teoría, la pretensión de mi madre de agregar maquillaje, vestido y torta al encuentro echó por tierra mis intenciones de correrme del centro. Más aún en un restaurante, a la vista de inesperados espectadores, con regalos, souvenirs y fotos tomadas por el mozo.
Ahora, a la distancia, y un poco menos renegada que entonces, debo reconocer que 15 se cumplen pocas veces en la vida. Qué mejor ocasión que esta para pedir o, mejor dicho, exigir, la gran fiesta que nunca tuve (con cotillón, disc jockey y salón de sociedad de fomento incluidos).

A toda avenida le llega su separador.

¿Qué le ha pasado a mi calle? Un buen día desperté y vi que a mi cuadra también le tocaba. Hablo de esos separadores que pusieron frente a mi casa, en la avenida Pueyrredón, y a los que todavía no les encuentro más utilidad que afear el ya de por sí uniforme paisaje. Carezco de conocimiento técnicos, pero tengo los que me da la experiencia. Si el fin era que pueda pararme en ellos para cruzar en dos tramos, debo decir que no preciso usarlos en una de las avenidas más angostas de la ciudad. Lo más probable es que termine resbalándome sobre sus 50 centímetros y caiga sobre algún automóvil desprevenido. Accidentes, porque un vehículo se adelante a otro y cambie de carril, no he tenido el disgusto de presenciar. Entonces ¿por qué se desembolsaron más de 45 mil pesos? Sigo sin saberlo. Mientras tanto, cuando ando en bici, mido mis movimientos al milímetro. Porque, como la calzada se angostó a menos de 8 metros, terminar aplastada entre un coche estacionado y uno que circula es cuestión de días. Y para los que estacionan el auto en la avenida ¡cuidado! En cualquier momento puede ser impactado y posteriormente eyectado varios metros más allá. Como les pasó a los tachos que custodian, lado a lado, los nuevos separadores de la ciudad.

La fiesta anunciada

El viernes 21 de diciembre fue el peor día de mi vida. No, más bien, fue el mejor día de mi vida. Es que no encuentro otra forma de definirlo. Para discrepancia de más de un lógico "moderno", las dos afirmaciones son ciertas. Al menos por lo que viví esa noche.
Llegué a Buenos Aires tempranito. El aire se iría calentando hasta hervir más que mi propia sangre. Cuando entré, las vallas ya estaban copadas: la expectativa dio paso al desencanto. Pero no me abatí, había que hacer valer la odisea. A diferencia de otros conciertos, la ansiedad erguía a la gente desde temprano. Bajo un sol que no daba tregua, la sed no se calmaba ni cuando finalmente llegó el agua a los desabastecidos puestos de venta.
A 20 minutos para el comienzo, el viento nos bendecía por primera vez. La masa me separó del resto de mis cómplices y quedé sola entre miles. Miraba las estrellas (no tenía dónde más mirar) e imploraba al cielo: ¡Que pueda ver bien, que pueda ver, que pueda ser!
Y en el primer acorde de Algún Día, aquel último tema que grabaron los Soda, todas las emociones contenidas en esa gigantesca olla a presión explotaron. Era tiempo de no aflojar, aunque dolieran los huesos. Aunque mi cuerpo quedara más chico de lo que ya es. Hasta que mi caja toráxica aprisionada ya no diera más y En la Ciudad de La Furia fuera mi primera huida.
Fue en ese momento cuando quise irme del estadio. No entendía cómo tanta resistencia y agotamiento habían sido en vano. Pero no podía perderme esa fiesta. Me sumergí otra vez. Salía un rato a respirar y me hundía otra vez en la marea.
¿Cómo hice para resistir? Sólo pude haberlo hecho por Soda. Y, sobre todo, con Soda. Porque no se limitaron a disfrutar del lugar que tienen: hicieron todo para demostrar por qué merecen semejante trono. Con la energía digna de pibes de 20, con versiones mejores que hace una década, con uno de los shows más largos de una banda de rock, me hicieron sentir respetada y cuidada. Sufriendo, peleando. Pero también saltando, llorando y cantando.
Fue una noche menos agria que dulce. De sensaciones intensas y ásperas, de despedida y reconciliación, de euforia y furia, de alegría y contradicciones. Un momento surreal. Un recuerdo imborrable. Una verdadera fiesta.

Debut y despedida

Anoche, por fin, se abrió el Sueño Stereo. Pero no quiero enterarme cómo fue. Hoy estoy ansiosa y algo atontada. Todavía no soy conciente: los voy a ver. A los tres. Por primera vez. Y quiero que todo sea sorpresa, aunque no haga falta: para novedad, con verlos en vivo alcanza. Sí, yo soy esa. La Soda Fan segunda generación. La que, a pesar de resistirse, terminó optando por la elección musical familiar. Pero no por resignación, sino por convencimiento.
De una manera u otra, Soda siempre estuvo en mi vida. Al cantar a los cuatro años sus canciones sin entender bien qué era una grieta ni un planeta con desilusión. Al escuchar hablar una y otra vez sobre tres locos raros de peinados nuevos. Pero culpa de mi corta edad o quizás de no hacer caso al dicho “Mamá sabe” (bien), recién sentí la necesidad de adentrarme en su música aquel día en que me enteré de la separación. Como si te acordaras de visitar a un amigo cuando ya se fue muy lejos y es demasiado tarde para lágrimas.
Una cobertura intensiva de la despedida por un lado, discos que llegaron a mí por el otro, poco a poco fui descubriendo un universo musical que me completaba sin siquiera saber que lo estuve buscando. Ahí estaba, siempre había estado. Desarrollé un vínculo con su propuesta que pasó por alto el haberla conocido tarde. Y llegué a sentir vergüenza. No por emocionarme hasta las lágrimas ante una canción, siendo una chica que se precia de racional y poco nostálgica. Tampoco por sonar exagerada cuando hablo de algo que ya es más que mi banda preferida. Más bien por no haberlos descubierto antes, para así disfrutarlos cara a cara. Si tan sólo alguien se hubiera interesado en difundir su música a los más chicos...
Esa vergüenza que a veces me hace sentir como fanática infiltrada, esta noche se diluirá un poco. Hoy Soda me da una suerte de revancha por todo lo que me perdí. Y también la oportunidad de celebrar todo lo que gané al conocer su arte. Especialmente, la convicción de que la experimentación, el riesgo y el esfuerzo perduran más que la fórmula del éxito repetida disco tras disco.
Esta noche es el segundo show de una gira que atraviesa el continente. La efervescencia que habrá en estos pocos meses será intensa. Pero también efímera: la disfrutaremos mientras dure. Su legado, en cambio, es fundacional y perpetuo, para absolutamente todos los que los admiramos: los de ayer, los de hoy, los de siempre.

Cómo armar un currículum como la gente.

En primer lugar, es vital escribirlo en computadora. Si entregás un CV manuscrito, puede que lo lleven a analizar por una grafóloga y quién sabe si la rayita de la “ñ” mal dibujada o el firulete en alguna “a” final sean la causa de tu próximo rechazo laboral. Si lo pasás a máquina, hay dos opciones: que piensen que estás mintiendo la edad (y en realidad tengas 70 años), o que crean que estuviste encerrado en una cueva durante la última década.
Ahora, el contenido. El nombre completo es fundamental. Parece obvio, pero muchos quieren ocultar su segundo nombre pensando que no es data importante ¡Grave error! La verdad tarde o temprano sale a la luz, y convierte a tu acto inocente en uno premeditado y cargado de mala intención. La empresa razonará: “si encubrió que se llama Raúl Teodoro, quizás también esconda un pasado como asaltante de ancianas, asesino serial, o panelista de chimentos de canal de cable”.
Los datos personales son otra info a cuidar: si tu correo electrónico es laconsentidadepapi@hotmail.com o pinchahastalamuerte@yahoo.com.ar, es hora de crear otra cuenta, aunque no seas muy amigo de la tecnología. Y si no tenés celular, inventáte uno: tu potencial empleador quiere asegurarse que te tendrá todo el tiempo disponible, así que no le rompas la ilusión. Lo más probable es que, fuera del horario de trabajo, nunca te necesite realmente.
La experiencia es importante, pero no es cierto que cuanto más mejor. Si el puesto es para “programador senior”, no incluyas tu experiencia como repartidor de folletos, instructor de parapente o verdulero en lo de tu tía Chola, porque más que sumar, vas a restar puntos. El CV te va a quedar tan largo y lleno de datos intrascendentes, que nadie va a leer ese mamotreto. Lo más seguro es que termine como papel reciclado en forma de boleta, revista o servilleta.
Y por ultimo, la pregunta del millón: ¿qué poner en la “remuneración pretendida”? ¿Como evitar la tentación de agrandarse, sin achicarse demasiado? Aun no encontramos la respuesta. Pero no vendría mal que te rodees de expertos en cálculo y ciencias contables, para que te ayuden a traducir en pesos el equilibrio exacto entre lo que te quieren pagar y lo que realmente te merecés. Suerte con eso. A mí no me hace falta, yo ya tengo trabajo.

Cómo sentarse en la plaza.

Quién no lo ha hecho. Hablo de dar la vuelta al perro de la mano del amigovio, marido, novio o amante de turno. Escuchando los pájaros, suspirando y apreciando el atardecer que se esconde entre los edificios. Quién no ha recorrido repetidas veces el circuito olavarriense desde la plaza hasta la Necochea y vuelta otra vez. Disfrutado de sus veredas, demasiado angostas para albergar a todos los que se disponen a dar tan trillado paseo. Y luego de tal entretenimiento, ha tenido la ocurrencia de querer descansar los pies exhaustos. Para eso ha recurrido a la plaza. Y si tiene la bendición de encontrar un banco vacío, no es suerte para descuidar así nomás.
Lo primero es la ubicación: sentarse bien en el medio, ni para un costado ni para el otro. No sea que una señora de esas que nunca faltan apele a la impunidad que su avanzada edad le otorga y se arrogue el derecho de sentarse en “ese” banco (aunque los del veredón de la San Martín estén disponibles), ubicándose sin pedir permiso en uno de los extremos del mismo, y arruinando de lleno toda promesa de momento romántico.
Lo segundo también es la ubicación, pero la geográfica, dentro de la plaza. Hay para todos los gustos. La cuadra de los adolescentes de jopo y chupines flúor, la de los jubilados que se reúnen a hablar de futbol, y la de las familias. Nada impide sentarse con ellos, pero a fin de evitar escuchar ringtones insoportables o miradas babosas, es preferible irse lejos, bien lejos. Algún día podremos apropiarnos de algún espacio.
El tercer obstáculo a sortear son las palomas. Esas delicadas aves símbolo de la paz pero que no nos dejan en paz hasta bautizarnos. En ese caso no sólo hay que mirar para arriba: es vital constatar el estado de limpieza en el que se encuentra el asiento, para que el efecto no sea retroactivo.
Y por último, verificar que el banco esté en condiciones de soportar nuestro peso y no quebrarse en el intento. Para eso se indica realizar una prueba inicial con un doble de riesgo: la mochila con el equipo de mate, el bolso, o algún pariente que nos caiga mal.

En busca del baño perdido.

Tratamos de tolerar. Nos contuvimos. Vaya si nos contuvimos. Sujetamos nuestra boca y nuestro músculo detrusor. Pero nuestra naturaleza pudo más. Más bien, la naturaleza y su llamado. Y hoy reclamaremos por algo a lo que todos tenemos derecho, como humanos que somos. Así como el perro siempre encuentra su árbol o la paloma cuenta con toda la extensión del parque Mitre, nosotros también tenemos derecho a un baño. Mandados, trámites, trabajo, el centro nos queda lejos y volver a nuestra casa para tan apremiante tarea es misión imposible. Tenemos derecho a un baño: público. Y no a ese de una estación de servicio en el que hay que comprar un alfajor en el shop para poder acceder, con la perpetua cara de antipatía de la empleada. Nos oponemos asimismo a los tránsitos furtivos hacia los sanitarios de alguna confitería, como si nuestra humana urgencia fuera un acto clandestino. Tenemos y queremos dignidad. Y si tan incorrecto es usar las instalaciones del teatro, al punto que alguien se arroga el derecho de respondernos a los gritos cuando consultamos tímidamente si podemos entrar, debería haber otras a las que sí podamos acceder. ¿Es que a nadie se le ocurrió la necesidad de un baño público en esta ciudad? ¿Es tan difícil que haya algún sanitario limpio y en óptimas condiciones disponible a toda hora? No decimos muchos, sólo dos. Si nos ponemos a pensar un poco, siempre queremos diferenciarnos de los animales, distanciarnos de la animalidad. Por eso usamos desodorantes o perfumes, nos depilamos o afeitamos, las mujeres ocultan su período mensual, nos teñimos el pelo. Por lo visto, transpirar está mal, menstruar está mal, tener vello está mal. ¿Tener que ir al baño también está mal? ¿Es un tema vulgar que no merece la pena? Las llamadas del cuerpo son difíciles de controlar. Forman parte de nuestra condición animal y humana. Esperamos que te sumes a nuestro pedido, y que nuestros derechos sean contemplados. Desde las pequeñas cosas. Que no son poca cosa.