miércoles, 10 de septiembre de 2008

Quiero mis quince.

Toda mi vida quise mis quince. Desde pequeña ya tenía todo planeado. El vestido, blanco por supuesto, y con hombros descubiertos; el peinado, recogido y con rulos; la música (Ricky Maravilla no, por favor). Al cumplir 15 mi hermana, saboreé de rebote ese ritual, y no veía la hora de hacerlo mío.
Quise tener todo. Lo que tuve fue un mix. La crisis económica ya se hacía sentir y sobrevinieron intereses más prácticos. Tener la compu era otro sueño dorado, así que troqué la fantasía por algo de realidad o, más bien, por esta desvencijada máquina en la que hoy escribo y cuya memoria ya no es suficiente para aguantar al Word y al Messenger juntos.
Pero, seamos realistas, la verdad es que no me bancaba tanto protagonismo. Tan expuesta, tanto pimpollo en mano y pino de fondo, tanta tirada de cinta, tanto mostrar regalo y desembolsar mil cadenitas iguales. Me di cuenta que no era para mí. Antes lo había sido, pero en el medio llegó la adolescencia, y las inseguridades pesan. También pesan los invitados a los que hay que mantener su kilaje a fuerza de comida gratis, aunque ya ni me acuerde de sus nombres.
No obstante, me las ingenié para hacerles pagar a mis padres no sólo la compu sino también un festejo. La premisa repetida a cada invitado: “todo muy íntimo, eh”. Pero olvidé que ninguna fiesta lo es. Y aunque nazca así en la teoría, la pretensión de mi madre de agregar maquillaje, vestido y torta al encuentro echó por tierra mis intenciones de correrme del centro. Más aún en un restaurante, a la vista de inesperados espectadores, con regalos, souvenirs y fotos tomadas por el mozo.
Ahora, a la distancia, y un poco menos renegada que entonces, debo reconocer que 15 se cumplen pocas veces en la vida. Qué mejor ocasión que esta para pedir o, mejor dicho, exigir, la gran fiesta que nunca tuve (con cotillón, disc jockey y salón de sociedad de fomento incluidos).

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