A medida que se acerca la fecha, nos vamos resignando a lo inevitable: hay que regalarle algo a mamá. Escapar, imposible: nos llueven folletos, la radio y la tele nos atormentan con la fecha, las vidrieras de los negocios sólo apuntan a “eso”. En medio de tanta tortura psicológica, la triste realidad: en nuestros bolsillos de estudiantes (o de empleados temporarios) no hay plata. O hay, pero poca. Y aunque ellas nos hayan dado la vida y todo eso, la tasa inflacionaria no entiende de sentimentalismos.
Sin embargo, no queremos que crean que no las queremos. Y a no fiarse cuando, sin que nadie les pregunte, las madres se despachan con un: “No me regales nada, eh”. Tomar al pie de la letra esa afirmación equivale a que el Día de la Madre llegue cargado de sermones, llanto y rencor hogareño por tiempo indeterminado.
¿Qué elegir entonces? ¿Nos dejamos llevar por los comerciantes, que con sus esmerados catálogos nos ahorran el trabajo de seleccionar? Aunque tengamos la plata ¿conviene caer en la tentación de dejar de buscar regalo y auto-convencernos que todo lo que quiere una mujer es una batidora, una plancha o una aspiradora? Si las madres hubiesen sabido que, después de tanto esfuerzo, las iban a tratar así, ni hubiesen intentado tener descendencia.
A pensar, entonces. A pensar y a descartar. ¿Ropa? No. Puede quedarle grande, chica, o simplemente mal. Además, tampoco es aceptable que por nuestras billeteras a dieta las madres anden por ahí vistiendo cualquier cosa.
¿Perfumería? Suena más barato. Pero, al final, “con lo que cuesta el kit con tres frasquitos milimétricos (de crema, de aceite, ¡¿de sales?!) hubiésemos comprado un suéter” dirá algún hermano iracundo.
Ya está. Un viaje. Sólo alcanza para Azul, pero lo que vale es la intención. La estadía y la vuelta que se las pague ella. Y si intenta rechazarlo, usá sus propias armas: “¿Me lo vas a despreciar?” (como te repetía cuando mirabas con mala cara aquel traje de súper héroe que insistía en comprarte cada Día del Niño). Es que es el regalo perfecto para una madre y su hijo (porque se graduaron el mismo día, diría Mafalda): la diversión para ella, el respiro de sus retos y quejas, para nosotros. Porque, si tanto nos ama, nuestra felicidad es la de ella, ¿o no?
Sin embargo, no queremos que crean que no las queremos. Y a no fiarse cuando, sin que nadie les pregunte, las madres se despachan con un: “No me regales nada, eh”. Tomar al pie de la letra esa afirmación equivale a que el Día de la Madre llegue cargado de sermones, llanto y rencor hogareño por tiempo indeterminado.
¿Qué elegir entonces? ¿Nos dejamos llevar por los comerciantes, que con sus esmerados catálogos nos ahorran el trabajo de seleccionar? Aunque tengamos la plata ¿conviene caer en la tentación de dejar de buscar regalo y auto-convencernos que todo lo que quiere una mujer es una batidora, una plancha o una aspiradora? Si las madres hubiesen sabido que, después de tanto esfuerzo, las iban a tratar así, ni hubiesen intentado tener descendencia.
A pensar, entonces. A pensar y a descartar. ¿Ropa? No. Puede quedarle grande, chica, o simplemente mal. Además, tampoco es aceptable que por nuestras billeteras a dieta las madres anden por ahí vistiendo cualquier cosa.
¿Perfumería? Suena más barato. Pero, al final, “con lo que cuesta el kit con tres frasquitos milimétricos (de crema, de aceite, ¡¿de sales?!) hubiésemos comprado un suéter” dirá algún hermano iracundo.
Ya está. Un viaje. Sólo alcanza para Azul, pero lo que vale es la intención. La estadía y la vuelta que se las pague ella. Y si intenta rechazarlo, usá sus propias armas: “¿Me lo vas a despreciar?” (como te repetía cuando mirabas con mala cara aquel traje de súper héroe que insistía en comprarte cada Día del Niño). Es que es el regalo perfecto para una madre y su hijo (porque se graduaron el mismo día, diría Mafalda): la diversión para ella, el respiro de sus retos y quejas, para nosotros. Porque, si tanto nos ama, nuestra felicidad es la de ella, ¿o no?


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