miércoles, 10 de septiembre de 2008
A toda avenida le llega su separador.
¿Qué le ha pasado a mi calle? Un buen día desperté y vi que a mi cuadra también le tocaba. Hablo de esos separadores que pusieron frente a mi casa, en la avenida Pueyrredón, y a los que todavía no les encuentro más utilidad que afear el ya de por sí uniforme paisaje. Carezco de conocimiento técnicos, pero tengo los que me da la experiencia. Si el fin era que pueda pararme en ellos para cruzar en dos tramos, debo decir que no preciso usarlos en una de las avenidas más angostas de la ciudad. Lo más probable es que termine resbalándome sobre sus 50 centímetros y caiga sobre algún automóvil desprevenido. Accidentes, porque un vehículo se adelante a otro y cambie de carril, no he tenido el disgusto de presenciar. Entonces ¿por qué se desembolsaron más de 45 mil pesos? Sigo sin saberlo. Mientras tanto, cuando ando en bici, mido mis movimientos al milímetro. Porque, como la calzada se angostó a menos de 8 metros, terminar aplastada entre un coche estacionado y uno que circula es cuestión de días. Y para los que estacionan el auto en la avenida ¡cuidado! En cualquier momento puede ser impactado y posteriormente eyectado varios metros más allá. Como les pasó a los tachos que custodian, lado a lado, los nuevos separadores de la ciudad.
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