miércoles, 10 de septiembre de 2008

La fiesta anunciada

El viernes 21 de diciembre fue el peor día de mi vida. No, más bien, fue el mejor día de mi vida. Es que no encuentro otra forma de definirlo. Para discrepancia de más de un lógico "moderno", las dos afirmaciones son ciertas. Al menos por lo que viví esa noche.
Llegué a Buenos Aires tempranito. El aire se iría calentando hasta hervir más que mi propia sangre. Cuando entré, las vallas ya estaban copadas: la expectativa dio paso al desencanto. Pero no me abatí, había que hacer valer la odisea. A diferencia de otros conciertos, la ansiedad erguía a la gente desde temprano. Bajo un sol que no daba tregua, la sed no se calmaba ni cuando finalmente llegó el agua a los desabastecidos puestos de venta.
A 20 minutos para el comienzo, el viento nos bendecía por primera vez. La masa me separó del resto de mis cómplices y quedé sola entre miles. Miraba las estrellas (no tenía dónde más mirar) e imploraba al cielo: ¡Que pueda ver bien, que pueda ver, que pueda ser!
Y en el primer acorde de Algún Día, aquel último tema que grabaron los Soda, todas las emociones contenidas en esa gigantesca olla a presión explotaron. Era tiempo de no aflojar, aunque dolieran los huesos. Aunque mi cuerpo quedara más chico de lo que ya es. Hasta que mi caja toráxica aprisionada ya no diera más y En la Ciudad de La Furia fuera mi primera huida.
Fue en ese momento cuando quise irme del estadio. No entendía cómo tanta resistencia y agotamiento habían sido en vano. Pero no podía perderme esa fiesta. Me sumergí otra vez. Salía un rato a respirar y me hundía otra vez en la marea.
¿Cómo hice para resistir? Sólo pude haberlo hecho por Soda. Y, sobre todo, con Soda. Porque no se limitaron a disfrutar del lugar que tienen: hicieron todo para demostrar por qué merecen semejante trono. Con la energía digna de pibes de 20, con versiones mejores que hace una década, con uno de los shows más largos de una banda de rock, me hicieron sentir respetada y cuidada. Sufriendo, peleando. Pero también saltando, llorando y cantando.
Fue una noche menos agria que dulce. De sensaciones intensas y ásperas, de despedida y reconciliación, de euforia y furia, de alegría y contradicciones. Un momento surreal. Un recuerdo imborrable. Una verdadera fiesta.

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