“Como se acerca esta época del año, donde se respira un aire distinto en todos los rincones del mundo, he aquí consejos útiles para llevar la Navidad de una forma más divertida”. Sí, es cierto, se respira un aire distinto desde noviembre, un aire con olor a caucho, guirnaldas y luces quemadas del año anterior. Pero eso no significa que necesitemos sugerencias para algo que ya vivimos tantas veces. Más bien, precisamos asesoramiento para hacer caso omiso a esos clásicos consejos navideños que nos atormentan la conciencia con culpa, desde revistas y suplementos especiales, año tras año.
“Es rara la vivienda que en diciembre no está engalanada con el árbol navideño, el portal de Belén, las guirnaldas y demás”: claro, no es rara, entonces ¿para qué precisamos saber sobre un ritual repetido una y otra vez? ¿No sería más útil que nos dijeran cómo pasar una noche de paz con aquellos parientes que no vemos nunca? Nadie precisa que le expliquen la diferencia entre un arbolito de postal norteamericana, y una planta cambalache (a causa de la cuasi-bizarra tradición de añadirle un adorno diferente cada año), mezcla de estrellitas, osos cariñosos, botellas de Coca Cola, y Papá Noel en todos los tamaños, formas y looks.
“En las fiestas navideñas, las familias normalmente realizan comidas especiales”. ¿Las familias? ¿Enteras? No era necesario caer en semejante falacia una y otra vez. Ni de dejar pasar el hecho de que comidas así implican una compra que agujerea el presupuesto de quienes todavía tienen presupuesto para agujerear. Además, dejemos de pensar que la pesadilla a la que generalmente se la obliga a la mujer, de cocinar más de diez platos distintos por día al lado del horno y con una temperatura de más 30 grados, es un trabajo agradable.
Y por último, los regalos: “En la noche de Navidad, resulta difícil negarle a los niños algo para ese día”. Bueno, resultaba difícil hasta hoy: los economistas del gobierno se las arreglaron bastante bien para ahorrarnos excusas a la hora de no darle nada a esos niños, en ese día tan especial que los juguetes triplican su valor. Por lo tanto, pasá de largo todos aquellos consejos, seguí tu instinto y festejá simple pero sinceramente. Y si los demás se quejan de tu pobre menú y decoración, consoláte con esto: ya nadie querrá pasar las fiestas en tu casa. ¿Qué mejor regalo de Navidad que ese podrías recibir?
lunes, 22 de diciembre de 2008
martes, 9 de diciembre de 2008
Cómo aprender a manejar
Para un tema tan delicado como este, una columna no es suficiente. Porque a ese auto, que tanto sudor nos costó, que tanta plata nos saca entre carnet, VTV, combustible, seguro y mecánico, a ese auto hay que manejarlo. Pero, por lo menos, he aquí algunos consejos:
Ante todo, tené en cuenta que no basta con la difícil tarea de controlar el vehículo, sino que además hay que controlar todo lo que está fuera de él: perros, gente, otros autos, el trazado de las calles, los postes de luz, etc. Si no querés destruir tu coche (o, lo que es peor, a un ser vivo), andá con cautela.
Para sacar el carnet, hay que saber manejar, lo cual sólo se aprende… manejando. Pero para manejar necesitás carnet. El Municipio aún no se hizo cargo de esta encrucijada y no hay lugares destinados al efecto, así que no te queda otra que la infracción obligada. Empezá manejando por las afueras.
Pero en las afueras, parece que los peatones, los perros y las bicis se cruzan más que en el centro de la ciudad. Te conviene ir a un lugar menos transitado.
Pero ir a un lugar aun menos transitado equivale a hacer rally entre calles de tierra, pozos y naturaleza virgen, que te terminarán conduciendo invariablemente a un zanjón.
Parece que la única solución es aprender en un simulador. Andá a un local de juegos electrónicos, sentáte en uno de autos y estáte así, mínimo diez meses.
Ahora sí, ya podés pasar a pruebas mayores: esquivar a la señora que camina a dos por hora, no entrar en pánico ante la súbita aparición de 4x4 o colectivos, pasar de primera a segunda mientras doblás, y no pisar al perro que está en el medio de la calle y no tiene la más mínima intención de correrse.
Y por fin llegó el día en que transitarás por el mini-circuito en busca del pase mágico. Para eso es vital conservar la derecha (aunque tu auto ocupe los dos “mini-carriles”), frenar en cada sendita peatonal y evitar desconcentrarte pensando para quién rayos diseñaron esa ciudad de juguete.
Ya está. Ya aprendiste. Ya tenés el carnet. Y el cartel. Ese que dice “Principiante” por no decir “Peligro al volante”. Pero ahora, hay algo que no entiendo. En vez de tanto carnet, ¿no debería llevar la mayoría ese simpático cartel?
Ante todo, tené en cuenta que no basta con la difícil tarea de controlar el vehículo, sino que además hay que controlar todo lo que está fuera de él: perros, gente, otros autos, el trazado de las calles, los postes de luz, etc. Si no querés destruir tu coche (o, lo que es peor, a un ser vivo), andá con cautela.
Para sacar el carnet, hay que saber manejar, lo cual sólo se aprende… manejando. Pero para manejar necesitás carnet. El Municipio aún no se hizo cargo de esta encrucijada y no hay lugares destinados al efecto, así que no te queda otra que la infracción obligada. Empezá manejando por las afueras.
Pero en las afueras, parece que los peatones, los perros y las bicis se cruzan más que en el centro de la ciudad. Te conviene ir a un lugar menos transitado.
Pero ir a un lugar aun menos transitado equivale a hacer rally entre calles de tierra, pozos y naturaleza virgen, que te terminarán conduciendo invariablemente a un zanjón.
Parece que la única solución es aprender en un simulador. Andá a un local de juegos electrónicos, sentáte en uno de autos y estáte así, mínimo diez meses.
Ahora sí, ya podés pasar a pruebas mayores: esquivar a la señora que camina a dos por hora, no entrar en pánico ante la súbita aparición de 4x4 o colectivos, pasar de primera a segunda mientras doblás, y no pisar al perro que está en el medio de la calle y no tiene la más mínima intención de correrse.
Y por fin llegó el día en que transitarás por el mini-circuito en busca del pase mágico. Para eso es vital conservar la derecha (aunque tu auto ocupe los dos “mini-carriles”), frenar en cada sendita peatonal y evitar desconcentrarte pensando para quién rayos diseñaron esa ciudad de juguete.
Ya está. Ya aprendiste. Ya tenés el carnet. Y el cartel. Ese que dice “Principiante” por no decir “Peligro al volante”. Pero ahora, hay algo que no entiendo. En vez de tanto carnet, ¿no debería llevar la mayoría ese simpático cartel?
domingo, 23 de noviembre de 2008
¿Y la Ley de Talles? (Cómo ir “de shopping” II)
- Como la Ley de Talles parece ser un lindo recuerdo que dio para atajos varios, o liso y llano incumplimiento, comprar ropa es una tarea ardua (para los que tienen la suerte de poder hacerlo). Ya es bastante con los inconvenientes señalados en la anterior columna, como para sumar ahora otra complicación: ¿cómo, si sentís que no aumentaste un gramo y tu talle siempre fue 36, ahora ni un 40 te entra? ¿Obesidad? ¿Mala percepción? No, más fácil que eso: simplemente un caos, comprobado por quien escribe. La ilusión de un ordenamiento, que pareció cumplirse en 2005, duró poco. Para evitar desencantos y futuros traumas, recomendamos:
En primer lugar, saber que los talles actuales son una ilusión disparatada y completamente arbitraria, sin ningún tipo de relación con la realidad. De otra manera, no se explica cómo tres personas de cuerpos totalmente diferentes entre sí puedan usar un talle 36. Ojo, muchas veces la numeración es engañosa: para simular que cumplen con la ley, se cambiaron los números de las etiquetas de la ropa, pero no la ropa en sí.
Debés tener conciencia de que aun existen casi tantos sistemas de talles como marcas: el decimal (34, 36, 38, y así sucesivamente), el “coreano” (0, 1, 2, 3, 4, 5, 6), el “S, M, L” (small, medium y large, parece que ahora somos todos bilingües), y quién sabe cuántos más.
Tené en cuenta también que la mayoría de las marcas trabajan con un canon de belleza tan acotado que es demasiado fácil de transgredir en la vida real.
Y acordáte de llevar siempre un centímetro cuando salgas “de shopping”, para medir la ropa antes de entrar al probador y ahorrarte tiempo, esfuerzo y lágrimas.
O empleá el tiempo (que solés perder en determinar cuál es tu talle en cada tienda) en ir a una modista a que te tome las medidas y te haga mucha ropa. O usá la ropa vieja de tu mamá y hacéte la vintage.
Por ahora, esa es la única que te queda. Pero, ahora que lo pienso, podés hacer algo para cambiarlo, ¡sí! Rezá mucho. Para que, algún día no muy lejano, primen los derechos ciudadanos antes que los comerciales y todos, gordos o flacos, altos o petisos, tengamos real acceso a la moda.
jueves, 13 de noviembre de 2008
Cómo ir “de shopping”
Porque no es verdad que todas las mujeres (y muchos hombres) adoramos ir de compras. Si por mí fuera, esperaría que la ropa que quiero aparezca mágicamente en mi cajón, sin tener que andar gastando los pies ni cinchando dentro de veinte probadores para que el jean suba (una tarde de shopping hace perder más de mil calorías). Pero a veces no queda otro remedio. Para situaciones como esas más vale ir preparado.
Una vez que lográs gozar de la atención del/la vendedor/a, hay que hacerse explicar bien. Las denominaciones cambian cada vez más rápido: lo que para algunos es un saquito, para otros es una camperita, para otros un sueter, e incluso no faltará el que te muestre una camisa. Los colores también cambian: “¿Marrón? Aah, vos querés chocolate”. A memorizar, entonces: las calzas son leggings, los anteojos, gafas, y la manta polar ¡pólar! Además, ahora hay buzo de arriba y de abajo, generando la contradicción de un pantalón de buzo, si acaso fuera posible (al menos cinco años atrás).
Ahora que ya tenés un mini-diccionario aprendido, y estás listo/a para probarte, empieza lo peor. Te conviene andar bien despierto y rápido de reflejos para sostener la ropa con tus manos (los ganchos de la pared nunca son suficientes), probarte, mirarte, llorar, volverte a mirar con cara de compasión y atajar la cortina en caso que la vendedora intente meterse en tu probador. Dentro de esos habitáculos con luz fluorescente y espejo deformante, es fácil sentirse débil e influenciable. Pero, así y todo, no te dejes convencer por la empleada que te dice que te queda todo divino, aunque ese pantalón grite por los costados que no es tu talle. La ropa excesivamente apretada hace mal al cuerpo y nos hace ver más gordos, porque —física pura— lo que se comprime por un lado, escapa por el otro.
Como se ve, no es fácil salir de compras. Pero al menos nos queda el consuelo de que aun podemos hacerlo (no se sabe por cuánto tiempo más), y la sensación de que realmente elegimos qué vestir, aunque, desde luego, eso no sea cierto.
Una vez que lográs gozar de la atención del/la vendedor/a, hay que hacerse explicar bien. Las denominaciones cambian cada vez más rápido: lo que para algunos es un saquito, para otros es una camperita, para otros un sueter, e incluso no faltará el que te muestre una camisa. Los colores también cambian: “¿Marrón? Aah, vos querés chocolate”. A memorizar, entonces: las calzas son leggings, los anteojos, gafas, y la manta polar ¡pólar! Además, ahora hay buzo de arriba y de abajo, generando la contradicción de un pantalón de buzo, si acaso fuera posible (al menos cinco años atrás).
Ahora que ya tenés un mini-diccionario aprendido, y estás listo/a para probarte, empieza lo peor. Te conviene andar bien despierto y rápido de reflejos para sostener la ropa con tus manos (los ganchos de la pared nunca son suficientes), probarte, mirarte, llorar, volverte a mirar con cara de compasión y atajar la cortina en caso que la vendedora intente meterse en tu probador. Dentro de esos habitáculos con luz fluorescente y espejo deformante, es fácil sentirse débil e influenciable. Pero, así y todo, no te dejes convencer por la empleada que te dice que te queda todo divino, aunque ese pantalón grite por los costados que no es tu talle. La ropa excesivamente apretada hace mal al cuerpo y nos hace ver más gordos, porque —física pura— lo que se comprime por un lado, escapa por el otro.
Como se ve, no es fácil salir de compras. Pero al menos nos queda el consuelo de que aun podemos hacerlo (no se sabe por cuánto tiempo más), y la sensación de que realmente elegimos qué vestir, aunque, desde luego, eso no sea cierto.
viernes, 31 de octubre de 2008
Cómo enfrentar con dignidad los piropos indignos.
Hoy vamos a ocuparnos de un problema que se agrava con el tiempo: los “piropeadores” crónicos. Una forma elegante para denominar a estos hombres que no tienen nada mejor que hacer que avergonzar a las transeúntes, no a base de halagos, sino de gestos y frases que no reproduciremos aquí. ¿Cuál es su objetivo? Un misterio. Para conseguir pareja no creo que les funcione. Tampoco creo que disfruten ser insultados.
La minifalda se inventó hace más de cuarenta años, pero aun sigue siendo un tabú. Si no, ¿a qué se debe tanto escándalo y frases de todo tipo cada vez que uno decide usarla? Y con escándalo no me refiero a algún cumplido inofensivo, sino a decir lo primero que se les cruza por la cabeza. ¿Será que nuestra mentalidad involucionó?
Ya hace rato que quedó atrás el “Adiós corazón de arroz” que se oía cada vez que una mujer estaba muy “producida”. Hoy, ni poniéndose ropa de jogging y/o tres talles más grande se amedrenta a estos especímenes que nos hacen entrar en calor pero no precisamente por romanticismo. Y basta pararse a esperar el colectivo para que nuestra sola presencia genere una ola de bocinazos, símbolo de impunidad y cobardía si los hay.
Dar recomendaciones en esta área se hace muy difícil, entonces. Ya no basta con andar por la vida toda tapada. Así estemos cubiertas de pies a cabeza, usar el pantalón por dentro de las botas parece dar carta blanca para que hasta chicos de primaria nos griten “miau”. Y aunque taparse solucionara el problema, tenemos derecho a vestirnos como queramos. De lo contrario, la dominación simbólica del hombre se haría realidad por partida doble.
Pero como si no podés contra ellos, tenés que unirte a ellos, la solución por ahora sería darles un trago de su propia medicina. No te preocupes: el hombre de hoy, conflictuado e inseguro, disfruta “piropeando” pero es incapaz de ir más allá. Y si lo apurás un poco, hasta va a ponerse a llorar diciendo que ama a su mujer y a sus hijos, y emprenderá la retirada. A la próxima grosería, entonces, seguíle la corriente, decíle algo más subido de tono que él o preguntále qué quiere y en qué podés ayudarle. Y después, dejá tu comentario a ver cómo te fue. Acá nadie te va a responder con guarangadas.
La minifalda se inventó hace más de cuarenta años, pero aun sigue siendo un tabú. Si no, ¿a qué se debe tanto escándalo y frases de todo tipo cada vez que uno decide usarla? Y con escándalo no me refiero a algún cumplido inofensivo, sino a decir lo primero que se les cruza por la cabeza. ¿Será que nuestra mentalidad involucionó?
Ya hace rato que quedó atrás el “Adiós corazón de arroz” que se oía cada vez que una mujer estaba muy “producida”. Hoy, ni poniéndose ropa de jogging y/o tres talles más grande se amedrenta a estos especímenes que nos hacen entrar en calor pero no precisamente por romanticismo. Y basta pararse a esperar el colectivo para que nuestra sola presencia genere una ola de bocinazos, símbolo de impunidad y cobardía si los hay.
Dar recomendaciones en esta área se hace muy difícil, entonces. Ya no basta con andar por la vida toda tapada. Así estemos cubiertas de pies a cabeza, usar el pantalón por dentro de las botas parece dar carta blanca para que hasta chicos de primaria nos griten “miau”. Y aunque taparse solucionara el problema, tenemos derecho a vestirnos como queramos. De lo contrario, la dominación simbólica del hombre se haría realidad por partida doble.
Pero como si no podés contra ellos, tenés que unirte a ellos, la solución por ahora sería darles un trago de su propia medicina. No te preocupes: el hombre de hoy, conflictuado e inseguro, disfruta “piropeando” pero es incapaz de ir más allá. Y si lo apurás un poco, hasta va a ponerse a llorar diciendo que ama a su mujer y a sus hijos, y emprenderá la retirada. A la próxima grosería, entonces, seguíle la corriente, decíle algo más subido de tono que él o preguntále qué quiere y en qué podés ayudarle. Y después, dejá tu comentario a ver cómo te fue. Acá nadie te va a responder con guarangadas.
domingo, 12 de octubre de 2008
Qué regalarle a la madre de un mezquino.
A medida que se acerca la fecha, nos vamos resignando a lo inevitable: hay que regalarle algo a mamá. Escapar, imposible: nos llueven folletos, la radio y la tele nos atormentan con la fecha, las vidrieras de los negocios sólo apuntan a “eso”. En medio de tanta tortura psicológica, la triste realidad: en nuestros bolsillos de estudiantes (o de empleados temporarios) no hay plata. O hay, pero poca. Y aunque ellas nos hayan dado la vida y todo eso, la tasa inflacionaria no entiende de sentimentalismos.
Sin embargo, no queremos que crean que no las queremos. Y a no fiarse cuando, sin que nadie les pregunte, las madres se despachan con un: “No me regales nada, eh”. Tomar al pie de la letra esa afirmación equivale a que el Día de la Madre llegue cargado de sermones, llanto y rencor hogareño por tiempo indeterminado.
¿Qué elegir entonces? ¿Nos dejamos llevar por los comerciantes, que con sus esmerados catálogos nos ahorran el trabajo de seleccionar? Aunque tengamos la plata ¿conviene caer en la tentación de dejar de buscar regalo y auto-convencernos que todo lo que quiere una mujer es una batidora, una plancha o una aspiradora? Si las madres hubiesen sabido que, después de tanto esfuerzo, las iban a tratar así, ni hubiesen intentado tener descendencia.
A pensar, entonces. A pensar y a descartar. ¿Ropa? No. Puede quedarle grande, chica, o simplemente mal. Además, tampoco es aceptable que por nuestras billeteras a dieta las madres anden por ahí vistiendo cualquier cosa.
¿Perfumería? Suena más barato. Pero, al final, “con lo que cuesta el kit con tres frasquitos milimétricos (de crema, de aceite, ¡¿de sales?!) hubiésemos comprado un suéter” dirá algún hermano iracundo.
Ya está. Un viaje. Sólo alcanza para Azul, pero lo que vale es la intención. La estadía y la vuelta que se las pague ella. Y si intenta rechazarlo, usá sus propias armas: “¿Me lo vas a despreciar?” (como te repetía cuando mirabas con mala cara aquel traje de súper héroe que insistía en comprarte cada Día del Niño). Es que es el regalo perfecto para una madre y su hijo (porque se graduaron el mismo día, diría Mafalda): la diversión para ella, el respiro de sus retos y quejas, para nosotros. Porque, si tanto nos ama, nuestra felicidad es la de ella, ¿o no?
Sin embargo, no queremos que crean que no las queremos. Y a no fiarse cuando, sin que nadie les pregunte, las madres se despachan con un: “No me regales nada, eh”. Tomar al pie de la letra esa afirmación equivale a que el Día de la Madre llegue cargado de sermones, llanto y rencor hogareño por tiempo indeterminado.
¿Qué elegir entonces? ¿Nos dejamos llevar por los comerciantes, que con sus esmerados catálogos nos ahorran el trabajo de seleccionar? Aunque tengamos la plata ¿conviene caer en la tentación de dejar de buscar regalo y auto-convencernos que todo lo que quiere una mujer es una batidora, una plancha o una aspiradora? Si las madres hubiesen sabido que, después de tanto esfuerzo, las iban a tratar así, ni hubiesen intentado tener descendencia.
A pensar, entonces. A pensar y a descartar. ¿Ropa? No. Puede quedarle grande, chica, o simplemente mal. Además, tampoco es aceptable que por nuestras billeteras a dieta las madres anden por ahí vistiendo cualquier cosa.
¿Perfumería? Suena más barato. Pero, al final, “con lo que cuesta el kit con tres frasquitos milimétricos (de crema, de aceite, ¡¿de sales?!) hubiésemos comprado un suéter” dirá algún hermano iracundo.
Ya está. Un viaje. Sólo alcanza para Azul, pero lo que vale es la intención. La estadía y la vuelta que se las pague ella. Y si intenta rechazarlo, usá sus propias armas: “¿Me lo vas a despreciar?” (como te repetía cuando mirabas con mala cara aquel traje de súper héroe que insistía en comprarte cada Día del Niño). Es que es el regalo perfecto para una madre y su hijo (porque se graduaron el mismo día, diría Mafalda): la diversión para ella, el respiro de sus retos y quejas, para nosotros. Porque, si tanto nos ama, nuestra felicidad es la de ella, ¿o no?
sábado, 27 de septiembre de 2008
Cómo salir a comer en Olavarría.
Hoy es una noche especial. Al fin juntaste coraje y decidiste hacerle un pequeño agujero a tus ahorros, lo más minúsculo que se pueda. Te cambiaste, conseguiste en qué ir y quién te acompañe. Pero tampoco exageres tu buena suerte.
Porque una vez en viaje, sobreviene una duda capital y dificilísima de resolver: ¡¿Dónde ir?! Lugares en la ciudad hay pocos, aunque por suerte cada vez más. Y si querés ir variando, deberás ceder y de vez en cuando caer en ese antro al que juraste no volver hace tiempo.
Pero al principio, iluso/a como sos, buscás un restaurant que te sacie en todo. Ese no, es muy “grasa”, mirá la decoración. Ese tampoco, mirá lo lindo que está decorado, seguro que es re caro. El otro queda lejísimos. En ese te atienden mal, y en el de enfrente no se ve para afuera. Allá no hay nadie. En el otro sólo hay parrilla… La cuestión es que terminás en el cuchitril de siempre (¿era esta una noche especial?).
Una vez sentados, distintas inquietudes y reflexiones vendrán a tu cabeza: ¿Por qué no nos atienden? ¿Será caro? ¿Qué pasa que, a los jóvenes, los mozos siempre nos dejan para lo último, y corren a atender a esos señores “paquetes”? El hilo se corta por lo más delgado…
Tranquilidad ante todo, paciencia zen… ¡ya te trajeron el menú! “Si bebes, no conduzcas”, o algo así, reza el mantel individual. Pero cerveza sin alcohol no tienen, con el calor que hace. ¿Y variantes vegetarianas? Pedílas si creés en Reyes Magos. Una pizza entonces. “¿Nada más?” preguntará el mozo, con cara de poker. “No, ¿Por? ¿Qué? ¿Algún problema?” evitarás decirle.
Una vez que te trajeron la comida, si está frío o feo, quedáte piola, no pidas un cambio: quién sabe si tu plato suplente será blanco del resentimiento del “chef”. Y antes de empezar a comer, andá pidiendo el postre, porque entre que buscás al mozo, lo encontrás, te ve, lo llamás, viene, pedís el menú, te lo trae, elegís el postre, llamás al mozo, pedís el postre, te lo trae… Uf! Pasa como una hora.
Luego de tan maravillosa velada, el peor momento llega: la cuenta. Aunque venga en bandeja de plata, nada amortigua el golpe. A prueba de quienes se negaban a dejar propina, ahora en el ticket se cobra también el servicio de mesa. Sale caro salir a comer, y para las ratas de alcantarilla (como yo), la realidad es dura. Mejor que lo sepan ahora y no después, cuando estén digiriendo la pizza fría.
Porque una vez en viaje, sobreviene una duda capital y dificilísima de resolver: ¡¿Dónde ir?! Lugares en la ciudad hay pocos, aunque por suerte cada vez más. Y si querés ir variando, deberás ceder y de vez en cuando caer en ese antro al que juraste no volver hace tiempo.
Pero al principio, iluso/a como sos, buscás un restaurant que te sacie en todo. Ese no, es muy “grasa”, mirá la decoración. Ese tampoco, mirá lo lindo que está decorado, seguro que es re caro. El otro queda lejísimos. En ese te atienden mal, y en el de enfrente no se ve para afuera. Allá no hay nadie. En el otro sólo hay parrilla… La cuestión es que terminás en el cuchitril de siempre (¿era esta una noche especial?).
Una vez sentados, distintas inquietudes y reflexiones vendrán a tu cabeza: ¿Por qué no nos atienden? ¿Será caro? ¿Qué pasa que, a los jóvenes, los mozos siempre nos dejan para lo último, y corren a atender a esos señores “paquetes”? El hilo se corta por lo más delgado…
Tranquilidad ante todo, paciencia zen… ¡ya te trajeron el menú! “Si bebes, no conduzcas”, o algo así, reza el mantel individual. Pero cerveza sin alcohol no tienen, con el calor que hace. ¿Y variantes vegetarianas? Pedílas si creés en Reyes Magos. Una pizza entonces. “¿Nada más?” preguntará el mozo, con cara de poker. “No, ¿Por? ¿Qué? ¿Algún problema?” evitarás decirle.
Una vez que te trajeron la comida, si está frío o feo, quedáte piola, no pidas un cambio: quién sabe si tu plato suplente será blanco del resentimiento del “chef”. Y antes de empezar a comer, andá pidiendo el postre, porque entre que buscás al mozo, lo encontrás, te ve, lo llamás, viene, pedís el menú, te lo trae, elegís el postre, llamás al mozo, pedís el postre, te lo trae… Uf! Pasa como una hora.
Luego de tan maravillosa velada, el peor momento llega: la cuenta. Aunque venga en bandeja de plata, nada amortigua el golpe. A prueba de quienes se negaban a dejar propina, ahora en el ticket se cobra también el servicio de mesa. Sale caro salir a comer, y para las ratas de alcantarilla (como yo), la realidad es dura. Mejor que lo sepan ahora y no después, cuando estén digiriendo la pizza fría.
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