viernes, 31 de octubre de 2008

Cómo enfrentar con dignidad los piropos indignos.

Hoy vamos a ocuparnos de un problema que se agrava con el tiempo: los “piropeadores” crónicos. Una forma elegante para denominar a estos hombres que no tienen nada mejor que hacer que avergonzar a las transeúntes, no a base de halagos, sino de gestos y frases que no reproduciremos aquí. ¿Cuál es su objetivo? Un misterio. Para conseguir pareja no creo que les funcione. Tampoco creo que disfruten ser insultados.
La minifalda se inventó hace más de cuarenta años, pero aun sigue siendo un tabú. Si no, ¿a qué se debe tanto escándalo y frases de todo tipo cada vez que uno decide usarla? Y con escándalo no me refiero a algún cumplido inofensivo, sino a decir lo primero que se les cruza por la cabeza.
¿Será que nuestra mentalidad involucionó?
Ya hace rato que quedó atrás el “Adiós corazón de arroz” que se oía cada vez que una mujer estaba muy “producida”. Hoy, ni poniéndose ropa de jogging y/o tres talles más grande se amedrenta a estos especímenes que nos hacen entrar en calor pero no precisamente por romanticismo. Y basta pararse a esperar el colectivo para que nuestra sola presencia genere una ola de bocinazos, símbolo de impunidad y cobardía si los hay.
Dar recomendaciones en esta área se hace muy difícil, entonces. Ya no basta con andar por la vida toda tapada. Así estemos cubiertas de pies a cabeza, usar el pantalón por dentro de las botas parece dar carta blanca para que hasta chicos de primaria nos griten “miau”. Y aunque taparse solucionara el problema, tenemos derecho a vestirnos como queramos. De lo contrario, la dominación simbólica del hombre se haría realidad por partida doble.
Pero como si no podés contra ellos, tenés que unirte a ellos, la solución por ahora sería darles un trago de su propia medicina. No te preocupes: el hombre de hoy, conflictuado e inseguro, disfruta “piropeando” pero es incapaz de ir más allá. Y si lo apurás un poco, hasta va a ponerse a llorar diciendo que ama a su mujer y a sus hijos, y emprenderá la retirada. A la próxima grosería, entonces, seguíle la corriente, decíle algo más subido de tono que él o preguntále qué quiere y en qué podés ayudarle. Y después, dejá tu comentario a ver cómo te fue. Acá nadie te va a responder con guarangadas.

domingo, 12 de octubre de 2008

Qué regalarle a la madre de un mezquino.

A medida que se acerca la fecha, nos vamos resignando a lo inevitable: hay que regalarle algo a mamá. Escapar, imposible: nos llueven folletos, la radio y la tele nos atormentan con la fecha, las vidrieras de los negocios sólo apuntan a “eso”. En medio de tanta tortura psicológica, la triste realidad: en nuestros bolsillos de estudiantes (o de empleados temporarios) no hay plata. O hay, pero poca. Y aunque ellas nos hayan dado la vida y todo eso, la tasa inflacionaria no entiende de sentimentalismos.
Sin embargo, no queremos que crean que no las queremos. Y a no fiarse cuando, sin que nadie les pregunte, las madres se despachan con un: “No me regales nada, eh”. Tomar al pie de la letra esa afirmación equivale a que el Día de la Madre llegue cargado de sermones, llanto y rencor hogareño por tiempo indeterminado.
¿Qué elegir entonces? ¿Nos dejamos llevar por los comerciantes, que con sus esmerados catálogos nos ahorran el trabajo de seleccionar? Aunque tengamos la plata ¿conviene caer en la tentación de dejar de buscar regalo y auto-convencernos que todo lo que quiere una mujer es una batidora, una plancha o una aspiradora? Si las madres hubiesen sabido que, después de tanto esfuerzo, las iban a tratar así, ni hubiesen intentado tener descendencia.
A pensar, entonces. A pensar y a descartar. ¿Ropa? No. Puede quedarle grande, chica, o simplemente mal. Además, tampoco es aceptable que por nuestras billeteras a dieta las madres anden por ahí vistiendo cualquier cosa.
¿Perfumería? Suena más barato. Pero, al final, “con lo que cuesta el kit con tres frasquitos milimétricos (de crema, de aceite, ¡¿de sales?!) hubiésemos comprado un suéter” dirá algún hermano iracundo.
Ya está. Un viaje. Sólo alcanza para Azul, pero lo que vale es la intención. La estadía y la vuelta que se las pague ella. Y si intenta rechazarlo, usá sus propias armas: “¿Me lo vas a despreciar?” (como te repetía cuando mirabas con mala cara aquel traje de súper héroe que insistía en comprarte cada Día del Niño). Es que es el regalo perfecto para una madre y su hijo (porque se graduaron el mismo día, diría Mafalda): la diversión para ella, el respiro de sus retos y quejas, para nosotros. Porque, si tanto nos ama, nuestra felicidad es la de ella, ¿o no?