- Como la Ley de Talles parece ser un lindo recuerdo que dio para atajos varios, o liso y llano incumplimiento, comprar ropa es una tarea ardua (para los que tienen la suerte de poder hacerlo). Ya es bastante con los inconvenientes señalados en la anterior columna, como para sumar ahora otra complicación: ¿cómo, si sentís que no aumentaste un gramo y tu talle siempre fue 36, ahora ni un 40 te entra? ¿Obesidad? ¿Mala percepción? No, más fácil que eso: simplemente un caos, comprobado por quien escribe. La ilusión de un ordenamiento, que pareció cumplirse en 2005, duró poco. Para evitar desencantos y futuros traumas, recomendamos:
En primer lugar, saber que los talles actuales son una ilusión disparatada y completamente arbitraria, sin ningún tipo de relación con la realidad. De otra manera, no se explica cómo tres personas de cuerpos totalmente diferentes entre sí puedan usar un talle 36. Ojo, muchas veces la numeración es engañosa: para simular que cumplen con la ley, se cambiaron los números de las etiquetas de la ropa, pero no la ropa en sí.
Debés tener conciencia de que aun existen casi tantos sistemas de talles como marcas: el decimal (34, 36, 38, y así sucesivamente), el “coreano” (0, 1, 2, 3, 4, 5, 6), el “S, M, L” (small, medium y large, parece que ahora somos todos bilingües), y quién sabe cuántos más.
Tené en cuenta también que la mayoría de las marcas trabajan con un canon de belleza tan acotado que es demasiado fácil de transgredir en la vida real.
Y acordáte de llevar siempre un centímetro cuando salgas “de shopping”, para medir la ropa antes de entrar al probador y ahorrarte tiempo, esfuerzo y lágrimas.
O empleá el tiempo (que solés perder en determinar cuál es tu talle en cada tienda) en ir a una modista a que te tome las medidas y te haga mucha ropa. O usá la ropa vieja de tu mamá y hacéte la vintage.
Por ahora, esa es la única que te queda. Pero, ahora que lo pienso, podés hacer algo para cambiarlo, ¡sí! Rezá mucho. Para que, algún día no muy lejano, primen los derechos ciudadanos antes que los comerciales y todos, gordos o flacos, altos o petisos, tengamos real acceso a la moda.
domingo, 23 de noviembre de 2008
¿Y la Ley de Talles? (Cómo ir “de shopping” II)
jueves, 13 de noviembre de 2008
Cómo ir “de shopping”
Porque no es verdad que todas las mujeres (y muchos hombres) adoramos ir de compras. Si por mí fuera, esperaría que la ropa que quiero aparezca mágicamente en mi cajón, sin tener que andar gastando los pies ni cinchando dentro de veinte probadores para que el jean suba (una tarde de shopping hace perder más de mil calorías). Pero a veces no queda otro remedio. Para situaciones como esas más vale ir preparado.
Una vez que lográs gozar de la atención del/la vendedor/a, hay que hacerse explicar bien. Las denominaciones cambian cada vez más rápido: lo que para algunos es un saquito, para otros es una camperita, para otros un sueter, e incluso no faltará el que te muestre una camisa. Los colores también cambian: “¿Marrón? Aah, vos querés chocolate”. A memorizar, entonces: las calzas son leggings, los anteojos, gafas, y la manta polar ¡pólar! Además, ahora hay buzo de arriba y de abajo, generando la contradicción de un pantalón de buzo, si acaso fuera posible (al menos cinco años atrás).
Ahora que ya tenés un mini-diccionario aprendido, y estás listo/a para probarte, empieza lo peor. Te conviene andar bien despierto y rápido de reflejos para sostener la ropa con tus manos (los ganchos de la pared nunca son suficientes), probarte, mirarte, llorar, volverte a mirar con cara de compasión y atajar la cortina en caso que la vendedora intente meterse en tu probador. Dentro de esos habitáculos con luz fluorescente y espejo deformante, es fácil sentirse débil e influenciable. Pero, así y todo, no te dejes convencer por la empleada que te dice que te queda todo divino, aunque ese pantalón grite por los costados que no es tu talle. La ropa excesivamente apretada hace mal al cuerpo y nos hace ver más gordos, porque —física pura— lo que se comprime por un lado, escapa por el otro.
Como se ve, no es fácil salir de compras. Pero al menos nos queda el consuelo de que aun podemos hacerlo (no se sabe por cuánto tiempo más), y la sensación de que realmente elegimos qué vestir, aunque, desde luego, eso no sea cierto.
Una vez que lográs gozar de la atención del/la vendedor/a, hay que hacerse explicar bien. Las denominaciones cambian cada vez más rápido: lo que para algunos es un saquito, para otros es una camperita, para otros un sueter, e incluso no faltará el que te muestre una camisa. Los colores también cambian: “¿Marrón? Aah, vos querés chocolate”. A memorizar, entonces: las calzas son leggings, los anteojos, gafas, y la manta polar ¡pólar! Además, ahora hay buzo de arriba y de abajo, generando la contradicción de un pantalón de buzo, si acaso fuera posible (al menos cinco años atrás).
Ahora que ya tenés un mini-diccionario aprendido, y estás listo/a para probarte, empieza lo peor. Te conviene andar bien despierto y rápido de reflejos para sostener la ropa con tus manos (los ganchos de la pared nunca son suficientes), probarte, mirarte, llorar, volverte a mirar con cara de compasión y atajar la cortina en caso que la vendedora intente meterse en tu probador. Dentro de esos habitáculos con luz fluorescente y espejo deformante, es fácil sentirse débil e influenciable. Pero, así y todo, no te dejes convencer por la empleada que te dice que te queda todo divino, aunque ese pantalón grite por los costados que no es tu talle. La ropa excesivamente apretada hace mal al cuerpo y nos hace ver más gordos, porque —física pura— lo que se comprime por un lado, escapa por el otro.
Como se ve, no es fácil salir de compras. Pero al menos nos queda el consuelo de que aun podemos hacerlo (no se sabe por cuánto tiempo más), y la sensación de que realmente elegimos qué vestir, aunque, desde luego, eso no sea cierto.
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