sábado, 27 de septiembre de 2008

Cómo salir a comer en Olavarría.

Hoy es una noche especial. Al fin juntaste coraje y decidiste hacerle un pequeño agujero a tus ahorros, lo más minúsculo que se pueda. Te cambiaste, conseguiste en qué ir y quién te acompañe. Pero tampoco exageres tu buena suerte.
Porque una vez en viaje, sobreviene una duda capital y dificilísima de resolver: ¡¿Dónde ir?! Lugares en la ciudad hay pocos, aunque por suerte cada vez más. Y si querés ir variando, deberás ceder y de vez en cuando caer en ese antro al que juraste no volver hace tiempo.
Pero al principio, iluso/a como sos, buscás un restaurant que te sacie en todo. Ese no, es muy “grasa”, mirá la decoración. Ese tampoco, mirá lo lindo que está decorado, seguro que es re caro. El otro queda lejísimos. En ese te atienden mal, y en el de enfrente no se ve para afuera. Allá no hay nadie. En el otro sólo hay parrilla… La cuestión es que terminás en el cuchitril de siempre (¿era esta una noche especial?).
Una vez sentados, distintas inquietudes y reflexiones vendrán a tu cabeza: ¿Por qué no nos atienden? ¿Será caro? ¿Qué pasa que, a los jóvenes, los mozos siempre nos dejan para lo último, y corren a atender a esos señores “paquetes”? El hilo se corta por lo más delgado…
Tranquilidad ante todo, paciencia zen… ¡ya te trajeron el menú! “Si bebes, no conduzcas”, o algo así, reza el mantel individual. Pero cerveza sin alcohol no tienen, con el calor que hace. ¿Y variantes vegetarianas? Pedílas si creés en Reyes Magos. Una pizza entonces. “¿Nada más?” preguntará el mozo, con cara de poker. “No, ¿Por? ¿Qué? ¿Algún problema?” evitarás decirle.
Una vez que te trajeron la comida, si está frío o feo, quedáte piola, no pidas un cambio: quién sabe si tu plato suplente será blanco del resentimiento del “chef”. Y antes de empezar a comer, andá pidiendo el postre, porque entre que buscás al mozo, lo encontrás, te ve, lo llamás, viene, pedís el menú, te lo trae, elegís el postre, llamás al mozo, pedís el postre, te lo trae… Uf! Pasa como una hora.
Luego de tan maravillosa velada, el peor momento llega: la cuenta. Aunque venga en bandeja de plata, nada amortigua el golpe. A prueba de quienes se negaban a dejar propina, ahora en el ticket se cobra también el servicio de mesa. Sale caro salir a comer, y para las ratas de alcantarilla (como yo), la realidad es dura. Mejor que lo sepan ahora y no después, cuando estén digiriendo la pizza fría.

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