Quién no lo ha hecho. Hablo de dar la vuelta al perro de la mano del amigovio, marido, novio o amante de turno. Escuchando los pájaros, suspirando y apreciando el atardecer que se esconde entre los edificios. Quién no ha recorrido repetidas veces el circuito olavarriense desde la plaza hasta la Necochea y vuelta otra vez. Disfrutado de sus veredas, demasiado angostas para albergar a todos los que se disponen a dar tan trillado paseo. Y luego de tal entretenimiento, ha tenido la ocurrencia de querer descansar los pies exhaustos. Para eso ha recurrido a la plaza. Y si tiene la bendición de encontrar un banco vacío, no es suerte para descuidar así nomás.
Lo primero es la ubicación: sentarse bien en el medio, ni para un costado ni para el otro. No sea que una señora de esas que nunca faltan apele a la impunidad que su avanzada edad le otorga y se arrogue el derecho de sentarse en “ese” banco (aunque los del veredón de la San Martín estén disponibles), ubicándose sin pedir permiso en uno de los extremos del mismo, y arruinando de lleno toda promesa de momento romántico.
Lo segundo también es la ubicación, pero la geográfica, dentro de la plaza. Hay para todos los gustos. La cuadra de los adolescentes de jopo y chupines flúor, la de los jubilados que se reúnen a hablar de futbol, y la de las familias. Nada impide sentarse con ellos, pero a fin de evitar escuchar ringtones insoportables o miradas babosas, es preferible irse lejos, bien lejos. Algún día podremos apropiarnos de algún espacio.
El tercer obstáculo a sortear son las palomas. Esas delicadas aves símbolo de la paz pero que no nos dejan en paz hasta bautizarnos. En ese caso no sólo hay que mirar para arriba: es vital constatar el estado de limpieza en el que se encuentra el asiento, para que el efecto no sea retroactivo.
Y por último, verificar que el banco esté en condiciones de soportar nuestro peso y no quebrarse en el intento. Para eso se indica realizar una prueba inicial con un doble de riesgo: la mochila con el equipo de mate, el bolso, o algún pariente que nos caiga mal.
miércoles, 10 de septiembre de 2008
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